BREVE INTRODUCCIÓN
En
la sala II se incorporan algunos de los materiales y los resultados
arqueológicos obtenidos en Carteia en las más recientes investigaciones
desarrolladas por el actual equipo de investigadores de la Universidad
Autónoma de Madrid. Se estructura en sectores que responden a los
diferentes momentos culturales actualmente en estudio y en ellos pueden
verse un numero muy limitado de piezas, junto con documentación de
textos, fotografías, dibujos y reconstrucciones informáticas. Toda esta
documentación complementaria, pero de gran importancia para entender el
desarrollo de la ciudad, ambienta y explica los materiales haciendo
sobre todo hincapié en su contextualización histórica y en las
relaciones de Carteia con otros asentamientos cercanos durante los
periodos fenicio-púnico, romano y medieval. Se recogen también en esta
sala algunas interesantes epígrafes, funerarios y honoríficos así como,
especialmente, algunos de los elementos arquitectónicos procedentes del
templo republicano y que se hallaban, como ya se ha dicho, ubicados
anteriormente en el propio yacimiento.
LA CIUDAD PÚNICA
Con
el traslado de la población del vecino Cerro del Prado, no tanto como
se pensaba por un empantanamiento de la antigua desembocadura del río
Guadarranque sino, más bien, como consecuencia del progresivo
enriquecimiento de la antigua factoría fenicia, comienza una nueva
etapa en la historia poblacional de la Bahía de Algeciras. La elección
del nuevo lugar, lógicamente, mejoraba las características del anterior
asentamiento. Desde un principio, al igual que el resto de los
asentamiento urbanos mediterráneos, Carteia nace con su recinto
perfectamente acotado por una notable muralla de tres metros de grosor
y unos ejes urbanísticos que, aun a pesar de sucesivas remodelaciones,
no cambiaría hasta bien entrada la conquista romana, prueba de la muy
estudiada planificación púnica.
Dentro
del Proyecto de Investigación actualmente en marcha se han podido
diferenciar dos fases superpuestas dentro de la época púnica de Carteia
. Una primera, iniciada a mediados del s.IV a.C. a raíz del citado
traslado de la población de El Cerro del Prado y una segunda, que
supuso una verdadera monumentalización de la ciudad. Es entonces cuando
la muralla se remodela, así como el acceso sur de la ciudad, una puerta
"en codo" realizada en magnífica cantería de sillares almohadillados
que no desmerecerían cualquier obra helenística del momento.
Especialmente importante ha sido la reciente localización, en la parte
más alta del asentamiento, del área religiosa de la ciudad. Los restos
de varios altares superpuestos, así como de un depósito votivo,
infrapuesto a éstos,
materializan un hallazgo, hasta el momento único, dentro de los
estudios de la arqueología púnica peninsular. La posterior ocupación
romana no supuso, en sus inicios, una alteración notable en el
urbanismo de la ciudad. Habrían de pasar más de 50 años, casi dos
generaciones, para encontrar una nueva reordenación espacial de la
ciudad coincidente con la construcción de un notable templo en el área
foraria cuyo basamento, por cierto, reutilizó de forma generalizada
sillares púnicos procedentes del desmantelamiento, entonces, de
importantes edificios púnicos.
EL ÁREA SACRA PÚNICA El
descubrimiento, en Carteia , de un depósito votivo y los restos de tres
altares sacrificales suponen un muy notable progreso en el conocimiento
de la religiosidad púnica en la Península Ibérica. Excavado en los
niveles geológicos del terreno, en lo que fue la parte más alta de la
ciudad púnica, se enterraron guardados en la base de un ánfora los
restos quemados de un sacrificio. El cuidado evidenciado en cómo se
ocultaron los restos, entre otras valoraciones, aconsejan pensar en el
carácter ritual de este enterramiento. Si a todo ello lo unimos a su
propia ubicación espacial, por debajo de tres sucesivos altares, no
cabe la menor duda: nos encontramos ante el depósito votivo legitimador
de la ubicación en aquel punto del área religiosa de la ciudad púnica.
Sobre él, se levantaron sucesivamente tres altares rectangulares
revocados con un hormigón hidráulico similar al que luego los romanos
popularizarían como opus signinum . Poca es la parte conservada que ha
llegado hasta nosotros. Las sucesivas construcciones conllevaban el
voluntario arrasamiento de las anteriores. Tan sólo del último se ha
podido documentar su base, pues el alzado fue roto en el momento de
acometer la cimentación del templo republicano. El hallazgo del área
sacra púnica y su localización concreta por debajo del templo
republicano ponen de manifiesto dos cuestiones fundamentales. Por
un lado, como evidencia material de la perduración del valor del
espacio, más allá del tiempo; algo propio de las sociedades urbanas.
Por otro, dicho descubrimiento pone de manifiesto la utilización de la
arquitectura como expresión del poder, presente en numerosas culturas,
pero que Roma llevaría a sus máximas consecuencias.
LA CIUDAD ROMANA
La
ciudad de Carteia , de remoto origen fenicio -en relación con el
asentamiento del Cerro del Prado- y potenciación más directamente
púnica, quedó englobada en la Hispania sometida a Roma a partir de la
victoria de la gran potencia itálica sobre los cartagineses.
En el 171 a.C., Roma decidió convertir a Carteia en la Colonia Libertinorum Carteia, primera colonia latina fuera de Italia.
La riqueza natural de su entorno, fundamentalmente pesca y salazón, así como su posición estratégica, militar y comercial, tuvo que proporcionar a la ciudad un enorme potencial económico puesto de manifiesto, tanto en las numerosas emisiones monetales a partir, aproximadamente, del 130 a.C., como de sus edificios más representativos y su densa continuidad ocupacional. En un primer momento no se detectan cambios en la vieja urbe púnica, aunque debió de ampliarse el perímetro de la ciudad a partir de entonces hasta alcanzar la notable superficie que tendría en la nueva época del dominio romano. Hacia fines del siglo II o comienzos del I a.C., la ciudad, experimentó una gran transformación en el sector del foro romano, que supuso, entre otras cosas, la construcción de un gran templo ya de tipo romano, que se sobrepuso a los restos del santuario púnico en una repetida práctica por la que se perpetuaba el carácter sagrado del lugar. La ciudad se configuró entonces como una auténtica ciudad romana en la que pronto se añadiría al viejo templo republicano que presidía el foro, un teatro situado en la parte más alta del perímetro amurallado apoyado sobre la ladera. Este edificio, junto con una importante villa destinada a las actividades de salazón de pescado muestran la importancia que la ciudad debió adquirir en época augustea perdiendo ya definitivamente su apariencia anterior. Más tarde, en la segunda mitad del s.I d.C. se construirían unas grandes termas, que completaban el paisaje habitual de las urbes romanas.
EL TEMPLO ROMANO
Construido en la fase de remodelación urbanística cercana al cambio del segundo al primer
siglo antes de nuestra Era, se emplearon en el podio multitud de
sillares de arenisca -con su típica forma acuñada y el cuidado
almohadillado habitual- procedentes del zócalo de la muralla púnica. El
alzado se realizó con piezas talladas en la característica roca caliza
fosilífera de la región, y todo quedaba cubierto con un cuidadoso
estucado. El podio adopta una planta rectangular de proporciones
habituales (22'5 x 17'8 m.). En la fachada, forma dos alas que flanquean
la escalera de acceso, según es frecuente, con una división tripartita
del frente en tramos iguales. Remata por arriba en una cornisa
moldurada muy sencillamente -como una cyma reversa - y, anómalamente,
no tiene cornisa equivalente en la parte inferior. La parte aérea se
organiza como un templo períptero sine postico , esto es, sin columnata
en la fachada trasera, que cerraba un muro según la tradición itálica.
El fondo lo ocupa una cella con alas laterales abiertas.
EL FRISO LA CORNISA
Las
excavaciones han proporcionado numerosas piezas correspondientes a los
órdenes arquitectónicos y la cubrición del templo, elementos que
componen uno de los legados arqueológicos más interesantes de Carteia ,
y ofrecen la más contundente prueba de la monumentalidad del edificio.
Las columnas eran de orden corintio, realizadas con piezas talladas en
dura roca fosilífera, y con acabado en primoroso estuco, sin que se
haya conservado la pintura. Sus basas, sin plinto, estaban configuradas
por dos toros separados por una profunda escocia y terminadas por abajo
por una zapata de menor diámetro. El fuste, estriado, se realizó en
todos los casos con varios tambores. Se rematan las columnas con
hermosos capiteles corintizantes - con volutas formadas por las mismas
hojas de acanto enrolladas- están tallados habitualmente en dos
tambores, cada uno correspondiente a una corona de hojas de acanto. La
corona superior deja, entre las hojas de esquina, espacio para
composiciones simétricas de tallos que enmarcan dos rosetas
cuatripétalas. Seguramente, por la naturaleza de la roca empleada, se
optó por realizar dinteles adovelados que obligaban a una compleja
unión de las piezas mediante engatillados
internos (machiembrados). Todo ello supuso, pues, un verdadero alarde
constructivo. No menos espectacular era el friso, en el que hay que
situar la serie de prótomos de toro de los que se conservan bastantes
piezas, y una airosa y compleja cornisa. Nada se conserva de la parte
correspondiente al frontón ni de la cubierta.